martes, 24 de noviembre de 2015

Ser Agradecida por lo que tenemos

A medida que vamos desarrollando el discernimiento para conocer cuál o quién es el espíritu del mundo, llegamos a darnos cuenta de todas las cosas que nos han sido dadas libremente por Dios.


"Y nosotros no hemos recibido el espíritu del mundo, sino el Espíritu que proviene de Dios, para que sepamos lo que Dios nos ha concedido."  
(1° Cor. 2:12)

El espíritu del mundo es una fuerza destructiva tan real como la fuerza de gravedad. Puede hundirnos y seducirnos en sus redes de bienestar, fama, atracción, deseos y pasiones desordenadas, etc. Esto nos hace ciegas a las cosas maravillosas que Dios tiene para darnos libre y gratuitamente.

Si vos, querida Amiga estás tan ocupada en tu bienestar material que no te queda tiempo para Dios, entonces nunca aprenderás que El puede suplir todas tus necesidades monetarias. Si estás interesada en ser "famosa", reconocida, etc, nunca sabrás lo que significa ser conocida por tu Padre en los cielos. 
Si tu mente está enfocada constantemente en cómo agradar a la gente, ya sea en los negocios o en un nivel social, entonces nunca conocerás el gozo de servir a los demás ni experimentarás Su paz que viene como consecuencia  de aceptarte tal como El te ha creado.
Si estás buscando placeres físicos, entonces nunca podrás entrar dentro de las verdaderas relaciones del amor que tienen sus bases en lo espiritual.

¡Dios desea enriquecerte con las maravillas de Su gracia! El quiere que seas Su hija amada y disfrutes del bienestar del Espíritu que es inagotable y no se puede adquirir ni con todo el oro del mundo. El también desea que abras bien tus ojos espirituales y te decidas entre las ofertas del mundo y Sus preciosos dones.

Amiga, cuando hagas esta evaluación, y te des cuenta dónde radica el verdadero valor de las cosas, podrás descubrir la felicidad como mujer, te sentirás realizada porque has sabido y aprendido a ser feliz con las provisiones de Dios.
Mira a tu alrededor y cuenta cada posesión, cada miembro de tu familia, y piensa; que tu verdadera riqueza yace en lo profundo de tu espíritu, allí donde el Salvador ha hecho Su morada.





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